miércoles, julio 04, 2007

A NOSOTROS, PORTEÑOS...

A nosotros, porteños, nos enseñaron una historia escrita por porteños. Una historia en que los porteños representaban la Civilización y el Progreso y las provincias la Barbarie y el atraso. Una historia cuyo libro más genial lo escribió un provinciano: el libro es Facundo y Sarmiento el provinciano; un provinciano desmesurado, turbulento y sanguinario como un dios vengativo.

A nosotros, porteños, los porteños nos enseñaron que Buenos Aires era la Atenas del Plata. Que Moreno era un abogado fogoso, tan fogoso que “se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego”. Que Saavedra fue un honesto militar sin demasiada luces. Que Dean Funes era un cordobés atrasado, cargado de latines y otros vicios coloniales. Que Rivadavia fue un gran constitucionalista. Que fue, además, “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos” (frase que dijo Mitre, quien prefirió perder ese puesto-el de más grande hombre civil-con tal de recordar a la posteridad que él era, entre tantas otras cosas, también un militar y con tal de decir la frase, porque así era el hombre: se extraviaba por decir frases; tanto, que una vez le vaticinó tres meses a una guerra que duró cinco años). Que Lavalle era un bravo militar- nos enseñaron los porteños, digo-, pero algo ingenuo, una espada sin cabeza se diría, y que lo fusiló a Dorrego porque lo aconsejaron mal unos doctores de levita negra y patilla semicircular, unos fríos y casi malvados doctores, unitarios pero al fin y al cabo civiles, civiles que extraviaron la mente de Lavalle, hundiéndolo en la tragedia , pues ya nunca en su vida lo abandonaría “la sombra de Navarro” (la sombra era Dorrego y Navarro el lugar del hecho). Que Facundo era el “Tigre de los llanos” y su barba “un bosque de pelo”: un perfecto animal, en fin. Que Rosas fue un estanciero frió e impiadoso, que dominó la ciudad portuaria como dominaba sus estancias. Que el agua que bebía se teñía de rojo. Que sostenía relaciones incestuosas con su hija Manuelita. Que mantuvo al país en el atraso y la barbarie. Que persiguió a poetas como Echeverría y también, claro está, a las mejores familias del Plata que leían los poemas de Echeverría, aunque no las persiguió por leer estos poemas, o no sólo por esto al menos, sino porque amaban la libertad y luchaban por su causa. Que asesinó a Quiroga. Que fue el “primer tirano” porque después vino otro todavía peor que fue el segundo, aunque, en realidad, fue el primero porque –según queda dicho- fue aún más malvado que Rosas, pero fue el segundo porque –se según también queda dicho- vino después y por haber venido después convirtió a Rosas en el “primero” y a su gobierno en “la primera tiranía”. Que fue ladino, y mentiroso, y sanguinario -Rosas, todo esto- y que nunca dictó una Constitución. Que alternó con las clases bajas, soliviantándolas, que otorgó prebendas para conseguir favores, que “pretendió (es de Mármol este texto clasista) romper los diques en los que la sociedad naturalmente se divide”. Que fue ruin y cobarde. Que huyó sin luchar y que murió en el exilio disfrutando de sus bienes malhabidos. Y que, por todas estas cosas, como castigo ejemplar, ni el polvo de sus huesos América tendrá. Qué tal.

A nosotros, porteños, los porteños nos enseñaron que Urquiza fue un patriota que dejó de lado sus intereses por la causa nacional. (Ojo, no confundir: sus intereses por la causa nacional, no la causa nacional por sus intereses) Que Francisco Solano López fue un tirano sangriento (los porteños, es un hábito como cualquier otro, siempre acompañan el sustantivo “tirano” con el adjetivo “sangriento”) enemigo del Progreso y la libertad de comercio, esa cosa que, según otra frase marmorea de Mitre, los soldados de Buenos Aires llevaban en la punta de sus bayonetas. Que Sarmiento fundó escuelas. Que fue un gran educador. Que Mitre tradujo al Dante. Que fue el primer historiador científico de la Argentina. Que fue un gran estadista y un gran militar. Que Avellaneda juró pagar nuestras deudas “ahorrando sobre el hambre y la sed de los argentinos” (frase, desdichadamente, muy actual). Que la Generación del ’80 consolidó la “Organización Nacional”. Que la inmigración, tal como lo planearon nuestros prohombres, pobló nuestra patria pero –maldita suerte- no fue sajona ni trajo buenas ideas. Que vinieron muchos anarquistas y demasiados gallegos, judíos y polacos. Que asustaron a Cané, quien –como queda dicho: asustado- gritó: “¡Violarán a nuestras vírgenes!”. Que no las violaron (aunque, ¿Quién puede asegurarlo?) pero crearon diarios con nombres agresivos como “La Protesta” y se agruparon y, en efecto, protestaron y crearon el “anarco-sindicalismo”, esa porquería que la Europa bien pudo haberse guardado. Que tiraron bombas durante el Centenario. Que hicieron huelgas en lo de Vasena y en la Patagonia. Que hubo que darles duro. Enseñarles a merecer el país que generosamente los recibía.

A nosotros, porteños, los porteños nos enseñaron que Irigoyen fue un demagogo. Que los cabecitas negra eran unos irredimibles ingenuos. Que, provincianos al fin, sólo podían servir de instrumento a la ferocidad manipuladora de Perón, el de la “segunda tiranía”. Que Evita era una resentida, una bastarda que dilapidó su odio para dividir a los argentinos. Que el 16 de junio de 1955, la culpa la tuvo la C.G.T. porque, irresponsablemente, convocó a los obreros a la Plaza de Mayo. Que Perón, como Rosas, era un cobarde y que huyó sin luchar para vivir en el exilio disfrutando de sus bienes malhabidos.

A nosotros, porteños, todo esto nos enseñaron.
Tantas cosas, que tendremos que empezar de nuevo, narrarlo todo otra vez, darnos vuelta como un guante si fuera necesario, hacernos desde abajo cuestionando implacablemente aquello que hicieron de nosotros, y entonces, quizá, transformarnos en argentinos. Tarea ardua, lenta, no siempre gratificante y, para mayores datos, inevitablemente riesgosa.


José Pablo Feinmann
1985

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